Otra vez te imaginé en mi sala de clases, yo observaba a mis guaguas, mientras tú me contemplabas… Parado en una esquina estabas, con un sombrero negro y una rosa en tu mano, se marchitó y cayó al suelo, me levanté a recogerla, te agachaste conmigo, tomaste mi rostro, me miraste fíjamente, y… Desapareciste. No podía creerlo, primer encuentro contigo, lloré. Hice dormir a un niño y volví a sentarme, el rincón estaba vacío, con sus respectivos materiales, accesorios y abajo la rosa marchita; continué escribiendo, el horizonte de mi ventaba cantaba poesía, trabajo de aseo en un delantal celeste, mamaderas, confort y literatura en la mesa pequeña, juguetes desordenados, actividades sin niños, soledad hermosa, ojos tristes observando el cuaderno elegido de Agustina, un secreto sideral. Refugiada en seis cuadrados, cerré mi mente, sintiendo tu mano en mi corazón, apoyaste tu rostro en mi hombro, mi respiración era rápida, cerraste mis labios con un beso; corrí a buscar esa rosa marchita, te sentaste en mi silla, cruzaste tus piernas, manos extendidas, mi tristeza hacia abajo, guardé la rosa en mis senos, te ibas y te seguí… No me buscaste, te encontré, deseando jamás irme de tu lado, me abrasé a tu espalda, cayeron tus lágrimas, las sequé con aquella carta rota; “Estoy aquí, solo para ti”. Me expresaste un silencio, soltaste mis brazos, olvidaste quien eres, olvidaste el “no soy nadie”, olvidaste la penumbra por mí, olvidaste esconderte, olvidaste los momentos del ¿por qué?, olvidaste imaginar, olvidaste recitar el amor; tomaste mi cintura, tu rostro frente del mío, mis manos en tu cuello expresándome: Te amo... Me besaste apasionadamente con el sentimiento más perfecto que existe en el universo, me tomaste más cerca, porque comenzamos a flotar, la verdadera poesía por fin salió a la luz. Dibujé a un niño y a una niña que se encontraron en un columpio azul, Títere, ahí estamos tú y yo...Un niño y una niña perdidos.